lunes, 5 de diciembre de 2011

¡Libertad condicionada, amor libre...!/ Mía.

Aquel día no había salido el sol, el viento azotaba las calles desganado y un creciente conjunto de gotas cristalinas se disolvía en su baile del cielo a tierra.
No se respiraba una atmósfera ajetreada, al contrario: la gente, los transportes, los comercios y la vida en general había decidido tomarse un corto tiempo de descanso, lo suficiente para que la lluvia cesara.

A mi nadie me buscaba, y en el caso de que alguien lo hiciera lo único que deseaba era que no me encontrara. Quería estar sola. Mis padres se imaginaban que estaría en mi cuarto encerrada frente al libro de economía. No era del todo mentira, estaba en mi cuarto encerrada... pero no frente a los apuntes de los que me iba a examinar dos días después, sino sentada en el suelo, hecha un ovillo con mi mantita de lana, detrás de la cama donde nadie me viera, admirando las gotas que se retaban en carrera por el cristal de mi ventana. Me emocionaba al verlas, tan débiles y atrevidas. Me hacía gracia su brillo y despreocupación, su transparencia capaz de dejar entrever los colores oscuros del lado opuesto al que yo miraba. No parecía todo tan horrible mirando a través de ellas, las veía divertidas y juguetonas. Hubiera querido, es más, unirme a ellas, pero yo soy mayor y eso son juegos de niños...



Yo quería ser un niño...

Mía.




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